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Monasterio de Caaveiro. Magia y espiritualidad

A unos 50 Km. de La Coruña, por la carretera que lleva a Ferrol, se encuentra un monasterio abandonado, construido en el S. IX (¡ hace más de 1.100 años !), que es uno de los lugares más excepcionales que he visitado: Caaveiro. Para llegar al él, tomamos desde la localidad de Puentedeume, en la desembocadura del río Eume, una estrecha carretera que nos llevará río arriba por la margen izquierda del río, que casi podemos tocar con las manos, y que nos introduce en la Fraga del Eume, uno de los bosques autóctonos gallegos que mejor se han conservado a pesar de la presión de las madereras, que conserva robles, castaños, sauces, arces, rododendros y avellanos. Al adentrarse en el bosque, la carretera se cubre totalmente de un manto de hojas de todos los tonos marrones y rojizos inimaginables. Es 14 de noviembre, un día otoñal muy agradable y soleado que invita a saborear todas las delicatessen que una naturaleza todavía salvaje puede ofrecer.

Los escasos edificios que encontramos en nuestro camino son el centro de interpretación de la Fraga y varios refugios de pescadores. 2 coquetos puentes colgantes peatonales, de acero y madera, permiten cambiar de margen, y varias represas ponen una rumorosa banda sonora que se mezcla con el sonido del viento entre los árboles y los trinos de los pájaros exultantes por el sol que nos calienta suavemente, en una sinfonía de la naturaleza que nos predispone a colgar en una percha los problemas y preocupaciones cotidianos e intuir que algo mágico va a suceder; de repente, entre el escaso entramado que forman las ramas de los árboles caducos , vemos asomar en lo alto de una pequeña colina los restos abandonados del monasterio, y la imaginación empieza a desbordarse visualizando cómo sería la vida en este paraje hace 1000 años, sin coches, teléfono móvil (por suerte aquí no hay cobertura), radios y todas las modernidades de nuestros tiempos que tanto contribuyen a robarnos la paz espiritual.

Las personas que decidieron su emplazamiento sabían sin duda lo que querían: un lugar aislado, con vistas privilegiadas, situado en una colina allí donde el río se remansa, y las fuentes de agua cristalina que brotan de sus líquidas montañas moverían enérgicamente las enormes piedras de molino que servirían para moler los cereales que luego amasarían para hornear en sus hornos también de piedra y convertir en "el pan nuestro de cada día". El monasterio mantiene, cientos de años después de ser abandonado, sus gruesos muros de piedra, aunque sus techumbres han desaparecido hace tiempo aplastadas por el peso del tiempo y la dejadez humana. En algunos edificios todavían se conservan algunas vigas de madera primorosamente labradas que demuestran que este lugar se construyó sin prisas y con mucho amor.

En los distintos edificios que albergaban los dormitorios, graneros, bodega, comedor, cocinas, almacen, oratorio, y por supuesto el corazón central, que es su iglesia, donde todavía está excavadas en piedra la pila de agua bendita y la escalera que subía al púlpito, uno puede echar la imaginación a volar y sentir la espiritualidad que emana este sitio, un lugar que sin duda alguna armonizaba perfectamente el "ora et labora" que los monjes practicaban, y en sus momentos de asueto seguro que se dirigían a las cercanas cascadas que están en una zona umbría y húmeda que ha tornado monocromo el paisaje, hasta la corteza de los árboles y la piedra de un hermoso puente, en un verde musgo que imaginas sirve de vivienda para una familia de elfos, gnomos y trasgos, cuya paz no te atreves a alterar, y caminas como pisando huevos intentando no molestar.

La historia de Caaveiro es cuando menos curiosa. Aunque en sus orígenes fue de la Orden de San Benito, en el siglo XII vivían en él los canónigos regulares de San Agustín, hasta el año 1806 en que lo abandonaron cuando murió el último prior, Miguel Mon. Tenía el monasterio dos iglesias, una antigua que servía para los enterramientos de los canónigos fallecidos, y otra en la que se celebraban los actos del culto. Entramos en el atrio por una escalera de veinte peldaños de piedra y una puerta que defiende el recinto monasterial. Sobre esta puerta está, caso raro, la torre cuadrangular de las campanas; también, debajo de ella, un escudo con las armas de Castilla y León. El ábside románico está apoyado en un soporte con curiosos arcos para salvarlo del desnivel del terreno. Esta es la parte mejor conservada de la iglesia, obra del siglo XII, de planta rectangular; el presbiterio está cubierto con bóveda de cañón peraltada terminada en cascarón. Es Monumento Histórico Artístico desde 1975.

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¡¡Hasta Pronto !!

Desde La Coruña, España

Publicado: 20/11/2001 02:04

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